Sobre certezas y otras cosas (II)

Hoy solo escribo a modo de desahogo (suponiendo que no siempre lo haga con ese fin). A diario escribo o pienso acerca de todo lo que me rodea, desde todo lo que sale en las noticias hasta las minucias de cada día. Escribo o intento escribir para formarme una opinión crítica de todo aquello que alerta de un modo u otro a mis sentidos, para ayudarme a superar algo que siempre me ha resultado difícil (otro día hablaré de traumas infantiles), que no es más que mi fallido don de la palabra, mi incapacidad de expresar verbalmente, y con gracia, mis ideas, mis derechos, mis inquietudes. Escribiendo puedo llegar a exponer de forma clara y correcta cualquier tema que me proponga, pero ponedme a defender mi postura delante de alguien, sea quien sea, que como no lleve muy bien preparado lo que tengo que decir, solo conseguiréis ver mi cara sofocada o, en el mejor de los casos, una leve sonrisa amable, insinuando un también leve «¿me puedo ir ya?».

Así que, aunque los quehaceres diarios no me permitan escribir tanto como me gustaría, y una prueba de ello es lo poco productivo que ha sido hasta hora este blog (otro día hablaré de mi falta de voluntad y/o constancia), mi cabeza siempre va maquinando ideas nuevas o simples pensamientos. He llegado a un punto de querer analizarlo todo tanto, de querer aprehender mi realidad de la forma más práctica y a la vez poética que, en días como hoy, acabo saturada. Y por momentos quisiera no ser como soy, es decir, desaprender todo lo aprendido y sentir la levedad y la felicidad que solo un ser plano, vacío e ignorante puede sentir. Porque cualquier cosa que analice: cualquier noticia, cualquier conversación oída al azar, cualquier juicio de valor pronunciado por uno de esos ignorantes desemboca en la misma idea. En la idea sobre la que siempre quiero escribir, de forma más o menos amable, más o menos incisiva… Siempre la misma idea. La gran idea: el ser humano es imbécil.

Generalización —diréis, quizás— y yo diré: sí, pero certeza también.

Sobre certezas y otras cosas (I)

Hace tiempo tenía un amigo con quien compartía de vez en cuando algunas charlas por internet. A diferencia de mí, él no era muy asiduo en las redes sociales. Ahora no me prodigo tanto, pero antes tenía blogs, fotologs, myspaces y todo aquello que ahora suena un tanto absurdo pero que me permitía dejar mi pequeña huella en el mundo virtual y donde, a modo de catarsis, dejaba ir aquello que necesitaba ir con urgencia por el motivo que fuese. Este chico, en una de sus eventuales apariciones por mi vida 2.0 de antaño, me dijo algo así como: “cada vez que te leo parece que estás empezando de cero”. Estos días no he dejado de pensar en ello y, ciertamente, he perdido la cuenta de las veces que he tenido esa sensación de que, aunque no cambie apenas nada, todo ha cambiado y, como quien necesita hacer limpieza de armario, yo necesito cambiar de actitud.

Nunca he sabido discernir si es una virtud o un defecto esto de no haber tenido nunca nada claro. Nunca he sabido si envidiar a aquellos que aparentan tenerlo todo siempre controlado o alejarme sutilmente de ellos. Aquellos que parecen saber con certeza a qué se quieren dedicar, o cuándo es el momento de enamorarse, o de formar una familia, o de comprarse un coche. A veces creo que yo me he limitado a ir vagando y picoteando, con más o menos gracia, aquello que la vida me ha ido ofreciendo (o que inconscientemente he ido buscando), pero pocas veces he sentido la certeza de saber que eso era precisamente lo que buscaba o de que ese era el momento justo para hacer algo. Las veces que ha sido así, la certeza me ha durado más bien poco o, simplemente, la he cambiado por otra certeza más atrayente.

Miento. En realidad, sí que considero una virtud lo de ir vagando por la vida y lo de no envidiar, ni por asomo, a quienes aparentan llevar una existencia perfecta. El problema viene cuando encuentro una de esas certezas, la más atrayente de todas, y creo que es tan perfecta, tan ideal, tan flexible y adaptable a ese “ir vagando” que me caracteriza, que ni me planteo que se pueda acabar o que algún día vaya a querer cambiarla por otra certeza más atrayente. Pero cierto día, cual bruja de cuento que viene a hechizarte, llega otra certeza, la peor de todas. La certeza de que mi maravillosa certeza anterior se ha esfumado, de que se me ha escapado, y de que intentar atraparla es, como reza la canción, intentar atrapar con las manos el aire. Y ahora toca volver a reflexionar e intentar sacar algo en claro de todo lo ocurrido y la fuerza suficiente como para agradecer que esa certeza haya querido pasar ese tiempo conmigo. Y toca ser sensata y no caer en la tentación de culpar a quien no debo, de asumir mis responsabilidades y volver a confiar en que el mundo está lleno de certezas, fugaces o eternas, la mar de atrayentes.

Continuará

Bilingüismo emocional

“Bilingüismo emocional” es un eufemismo para describir lo que pretende ser este blog.

Decir que empiezo un proyecto ecléctico en el que trato de encontrarme y profundizar en mi interior, etc., también sería un eufemismo y, además, rezumaría esnobismo por todos lados. Quizás lo mejor sea presentarme con humildad, tal como me veo a mí misma; es decir, hablaré de lo que puede hablar una persona cabal pero errática, fluctuante, desorientada y un sinfín de adjetivos a simple vista poco esperanzadores aunque, no nos confundamos, esto de sentir por partida doble tiene muchísimas ventajas.

Este es un espacio abierto, bienvenidas serán todo tipo de críticas, especialmente constructivas, y todo tipo de halagos que, aunque no se me subirán a la cabeza, me motivarán.

Espero que os guste. Un saludo.